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Suspicacia

30 mayo, 2007

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Como tengo a mi madre, alias “cocinera particular de lunes a jueves” perdida por algún punto de la geografía española y pese a que no es que se nos den mal las sartenes, pero hay que ver la pereza que da llegar corriendo a casa, abrir la nevera, ponerte a pensar qué hacer, decidirlo, descongelar la opción elegida, prepararla, engullirla, recoger los platos y volver a salir corriendo, ayer apostamos por la practicidad y nos metimos entre pecho y espalda un delicioso Menú Big Mac, normal, uno de ellos sólo con la hamburguesa y el pan, con patatas Deluxe y Coca-cola. Nuggets de 6 con barbacoa. Gracias.

Sé que no es la comida más sana y equilibrada del mundo, pero por una vez cada 3 meses no pasa nada y además está buena. Las cosas como son. Aunque personalmente prefiero el Burrikin, conste, pero de un tiempo a esta parte encontrar uno es más difícil que dar con la famosa aguja del famoso pajar.

Bueno, a lo que iba que me pierdo, que el tema no es si lo que comimos es una bomba de colesterol o si somos los afortunados que podemos confirmar la leyenda urbana del diente de rata, ni siquiera el mal rollo que da el payaso de la cadena. El tema es que mientras disfrutábamos de nuestra radiografía de hamburguesa, además de un grupo de guiris con cresta engañados provenientes del Ibis de al lado plantado en medio de la nada, en otra mesa había un bicós da muuurrrssssss, que diría el siempre comedido Ánsar, un musulmán para los no iniciados, que en un momento dado sacó de su mochila azul un walkman el doble de grande que el Big Mac y con los cascos puestos empezó a proferir sepa Dios qué en ese idioma que usan ajeno a la inquietud que tal hecho causaba entre el resto de comensales. La situación de máxima tensión vino cuando, siempre sosteniendo el walkman, se levantó y salió del establecimiento, abandonando la mochila.

Todos pensamos lo mismo porque en cuestión de segundos, se sucedieron los cruces de miradas que buscaban con cierta preocupación confirmación o desmentido de sospecha. Supongo que el hecho de ver que el dueño de la misma no salía corriendo despavorido contribuyó a que no cundiera la histeria colectiva, pero aún así decidimos hacer el piti en otro sitio, por si acaso.

El McDonald’s sigue estando donde y como estaba ayer. El pobre hombre estaría grabándole una cinta a sus familiares o practicando un curso del homólogo árabe del profesor Maurer, pero es que esta gente se gasta muy malas bromas.